El psicólogo americano Carl Rogers un día despertó en su casa, como suelen hacer las personas, y decidió hacer una revolución en el mundo de la psicología. Esta es una actitud un poco más rara, pero la verdad es que el siglo pasado hubo tantas revoluciones que ya no sé si debería admirarlo, o pensar que los psicólogos deberían dejar de revolucionar tanto y ponerse a ayudar a la gente.
Por supuesto, su enfoque fue tan radical como necesario: el pensaba que los psicólogos deberían escuchar al paciente. Y es radical porque, de verdad, ¿en qué cabeza cabe que un profesional entrenado debería dejarse guiar por una persona que ni siquiera puede ordenar su propia realidad?
El psicoanálisis le pide al terapeuta interpretar a través de sus teorías y experiencia las elaboraciones del paciente; si no saben qué decir, siempre pueden hablar de su mamá. En el análisis de la conducta, si te portas bien tu terapeuta te dará una galletita con la esperanza de que olvides que puedes comprar una caja de galletas en cualquier momento; así te volverás a portar bien para que el terapeuta te siga recompensando.
La corriente humanista de Rogers, en cambio, le pide al terapeuta callarse de una buena vez y escuchar lo que tienes que decir. Porque a veces la gente solo necesita poder hablar. Cuando el paciente se da cuenta de las locuras que está diciendo, le da tanta pena que decide cambiar inmediatamente y se resuelve su problema. Eso pasaría en un mundo feliz, pero la verdad es que ni a los ingenieros que utilizan matemáticas les funciona la teoría el 100% de las veces.
Por eso desarrolló una serie de teorías que explican por qué, cuando no funciona una terapia humanista, es culpa del terapeuta, de la brisa matutina o de #EPN, pero nunca tienen la culpa ni el paciente ni el terapeuta.
Una de las mejores teorías es la de la esfera perceptual. Para no hacerte el cuento largo, dice que si te va mal es porque tienes una piedrita afilada en algún lugar de tu zapato mental; no podemos dividir la consciencia, así que si tu realidad necesita un ajuste en una de las partes obviamente va a afectar al resto.
Si no me crees, pégate en el dedo chiquito del pie e intenta jugar #AngryBirds. Tu pie no tiene nada que ver con la mente, los dedos o el celular, pero si me permites hacer una predicción lo vas a mandar al diablo a los 4 segundos y el que va a acabar enojado eres tu.
Por favor no te pegues en el dedo chiquito del pie. Como el resto de la mente, solo es una metáfora.
El caso es que lo que te pase en tu día, en tu pasado o las tormentas que existen solamente en tu cabeza van a afectar el resto de tu vida porque no somos un rompecabezas: somos humanos. No estamos hechos del cuerpo y la mente: somos cuerpo y mente.
Así podemos explicar de la forma más humanista y menos supersticiosa posible el fenómeno de la mala suerte: no es que el universo conspire en tu contra. Pasa algo mucho más sencillo y es que, más bien, eres un idiota.
Hasta aquí me duró el humanismo, porque es mejor ser más realistas: tómate un segundo para pensar qué te molesta, y un poquito más de tiempo para resolverlo. La mayoría de tus problemas van a soltar soluciones en el momento en que decidas enfrentarlos y, si no es así, siempre puedes pedir ayuda o ponerte borracho.
Porque somos humanos, y el humanismo de Rogers dice que eso está bien. Pero, si te va mal, no le eches la culpa al #Viernes13, porque entonces no puedes hacer nada al respecto.





