Bueno, la primera opción tampoco es buena, porque lo malo de odiar a la gente es que nos hacemos adictos a nuestro propio veneno. Los budistas le llaman a esto la doctrina del Karma: básicamente dice que todo el universo es una gran rueda y, si no tienes tiempo para metáforas que nadie entiende, puedes verlo de dos maneras distintas.
La primera es a través de la religión: las enseñanzas del Buda, un gran Maestro proveniente de la cultura hindú, afirman que al morir no desaparecemos del todo, sino que nos convertimos en otro ser. Por eso se dice que el Karma funciona como una rueda: porque, en un universo lleno de seres eternos, las cosas malas que hagas tarde o temprano van a regresar a ti cuando la causa y efecto de tus acciones genere suficientes intereses para regresar a patearte.
Pero no todos profesamos la religión del #Buda. Muchos de nosotros ni siquiera somos religiosos; en un mundo lleno de farsantes y profetas de gimnasio, eso puede ser algo bueno.
Cuando hablamos en términos más científicos, la doctrina del Karma se traduce de forma un poco diferente: para pensar necesitamos químicos y electricidad, porque así funciona nuestro cerebro. Es natural asumir que, para pensar de cierta manera, necesitamos un químico que no puede ser reemplazado por otro si queremos tener cierta emoción.
Lo malo es que todas las sustancias de nuestro sistema nervioso nos hacen adictos. Cuando un sentimiento se vuelve común en nuestras vidas, las células del cerebro cambian físicamente para volverse más receptivas al químico que lo produce. En otras palabras, si te acostumbras a odiar o enojarte, solo le estás diciendo a tu cuerpo que esa emoción es necesaria para tu vida y, con el usual sentido del humor de la madre naturaleza, creas una adicción a los sentimientos negativos que te hará menos elegible para reproducir tus genes insoportables.
Punto a favor para los optimistas.
Por eso digo que sentirte bien te vuelve sexy. Quiero decir, ¿has estado cerca de una persona que tiene "buena vibra"? Parece que los malditos brillan. Y es que, cuando alguien se siente bien, nos hace sentir bien con nosotros mismos. Estar cerca de gente feliz nos hace sentir como si no fuéramos tan malos, como si tuviéramos los recursos para salir adelante de nuestros propios problemas.
Y lo mejor del optimismo es que también es adictivo. Mira, hay un montón de cosas que puedes hacer para ser feliz. Haz una o dos, y deja que se contagien. Cuando te sientas triste, la causa y efecto de tus acciones positivas habrá cobrado interés, la gente cerca de ti será más feliz, y entonces ellos podrán contagiarte.
Esa es la doctrina budista del #Dharma. Me pregunto por qué no la sacan en la tele.

