Emilio Durkheim fue un sociólogo francés que dijo, palabras más palabras menos, que la sociedad inició en el mismo momento en el que se inventó la religión.
En otras palabras, dejamos de ser manada y nos hicimos pueblo cuando nuestros ancestros se pusieron de acuerdo a quién rezarle.
No estoy seguro de que esto sea verdad.
Pero sí estoy seguro de que, desde que se inventó la religión, ha definido lo que pensamos del mundo, la forma que tenemos de conocerlo, y ha servido como guía para relacionarnos con el resto de nuestra especie.
En otro momento haremos un recuento filosófico de la religión desde que adorábamos a la estatua del Maestro Caribú, hasta el Goditeísmo; pero en este momento no es necesario. Solamente necesitamos estar de acuerdo en los dos elementos básicos que componen cualquier creencia: una concepción de lo sagrado, y una forma de simbolizarlo.
Si te diste cuenta, el segundo elemento está resaltado en negritas, así que debe ser importante. Y es que el ser humano es un animal que simboliza por naturaleza.
Esto tiene una razón de ser: el conocimiento se transmite mejor a través del símbolo.
Incluso el día de hoy nos encontramos con las últimas técnicas de aprendizaje como: mapas mentales, acrónimos, y todos los procesos de asociación que la psicología nos asegura sirven para recordar en dónde dejaste tus llaves.
Pero la forma de simbolizar ha cambiado y sigue cambiando a la par de nuestra sociedad
Si en mil años encontraran un diagrama de flujo, probablemente pensarían que ahí ocultábamos nuestros más oscuros conocimientos, llenos de superstición y las ancestrales (ahora modernas) tradiciones como el internet y otras leyendas del pasado. Y tendrían razón. Probablemente en un milenio los oscuros y complicadísimos modelos de física cuántica sean entendidos a la perfección, y las tablas del Modelo Estandarizado sean tan misteriosas como las tabletas egipcias.
Así pues, el ser humano simboliza; y a medida que cambian nuestros símbolos también cambia nuestra forma de entender el mundo.
Como ya lo he menciondo, mis queridos Godínez, vamos a revisar la historia y progresión de la forma de adorar, entender y simbolizar al mundo en otra ocasión. Por lo pronto basta decir que, cuando cambia el símbolo que utilizamos, cambia el objeto de nuestra veneración. Así que, por el momento, en vez de hacer un recorrido histórico de lo sagrado vamos a hablar del santo patrono de la era de la información: su principal ídolo.
Al igual que los dioses de la antigüedad, este recibe varios nombres y su influencia es inmanente en todos los campos del saber: domina nuestras vidas sin siquiera darnos cuenta, y dicta lo que podemos y no podemos hacer. No lo hace directamente, por supuesto; como toda fuerza superior tiene sus ministros guardianes del conocimiento, en inmensas catedrales de piedra y concreto que arrogantemente se autodenominan "Universidades", proclamando su absoluto dominio sobre el mundo natural. Eso, en la antigüedad, era orgullo exclusivo de los brujos.
Pero, ya sabes, eso es cosa de otra publicación.
La más alta autoridad espiritual en nuestros días es la Normalidad. Y si lo escribo con mayúscula es porque hay que decir su nombre con respeto.
Porque rige toda nuestra vida. No la vemos; al menos no siempre es aparente, pero su influencia está ahí. Si eres hombre, solo tienes que ponerte un vestido para sentir en carne propia el castigo reservado para los infractores contra La Norma. Y entiendo que hay hombres que se ponen un vestido con orgullo todos los días; pero tienen sus propios clubes nocturnos, sociedades y reglas. Nadie está exento de rendir tributo a La Normalidad pero, hoy más que nunca, al menos hemos conquistado el derecho de definirla por nosotros mismos. Siempre y cuando encontremos a alguien dispuesto a seguirnos el juego.
¡Y por primera vez en la historia toda la humanidad está unificada bajo una sola ideología! Esa ideología apesta pero, ¡oye! Al menos es un comienzo. Creo que es algo que necesitamos con urgencia: la unidad.
En épocas antiguas, la unidad bajo una sola ideología se intentó imponer cuando una fuerza militar suficiente contrajo un dirigente demasiado dispuesto a utilizarla; esos dirigente usualmente justificaban sus avances a través de la religión.
Hoy es diferente, porque las superpotencias combinadas tienen suficientes armas nucleares para arrasar a todo ser vivo en este planeta más de cien veces; a todos sin excepción. No tienes nada de qué preocuparte. No habrá Apocalipsis Zombie, ni escenarios distópicos en un desierto nuclear porque, en caso de guerra todos, todos vamos a morir 99 veces más que las vidas que podemos pagar. Bueno, el punto es que no puede haber una fuerza militar digna de competir contra eso. No vale la pena si quiera intentarlo.
Así que los gobernantes ya no se pueden dar el lujo de confiar sus destinos a brujos que prometen, pero no cumplen. Necesitan brujos de verdad.
Con sus oscuros símbolos, sociedades exclusivas y publicaciones incomprensibles para cualquiera que no sea un iniciado, la Ciencia ha venido a cubrir el ancestral papel de la religión: asegurar el poder del estado. Donde los brujos antiguos rezaban y veneraban una fuerza superior, los científicos experimentan y veneran a la Curva de Bell, la Distribución Gaussiana: la mismísima Normalidad.
Y es que funciona.
Funciona tan bien.
En la física tenemos una serie de datos que caerán dentro de esta curva de normalidad, y les llamamos leyes. Esto genial, porque no queremos que a la gravedad se le ocurra comportarse raro y nos mande a volar a todos. En la medicina, si mi pastilla no funciona normalmente, no me la trago.
Pero ¿cómo puedes aplicar esto a la psicología? Eso no solo es raro; es peligroso. Piénsalo: el DSM-V, manual de diagnóstico de los psicólogos, es un compendio de crímenes contra la normalidad que te traerán una pena que oscila entre el encarcelamiento en un hospital psiquiátrico, hasta un tipo de servicio comunitario en el que tienes que drogarte tanto que tu servicio sea no molestar a la comunidad. Porque a nadie le gusta tener que aguantar a alguien raro. Y tenemos armas nucleares; hay que recordar eso. A todos nos conviene llevarnos muy pero muy bien.
Esa es la otra función de la religión que la ciencia ha venido a llenar: nos enseña cómo comportarnos. Oye, puede que tu seas una buena persona; pero hay un montón de idiotas allá afuera que serían idiotas peligrosos si no tuvieran un poco de religión para decirles qué cosas no hacer. En este caso, se trata de una Norma a la cual deben apegarse o arriesgarse a ser rechazados por su sociedad.
Una sociedad que tiene armas nucleares, drogas, y hospitales psiquiátricos.
Pero la psicología está en pañales. Es decir, a la física le tomó (debatiblemente) unos 1500 años explicarnos por qué las cosas caen hacia abajo. Eso es básico. No digo que sea fácil; se necesitó un supergenio inglés para inventar la palabra "gravedad" y definirla con matemáticas. Pero es algo tan básico como la pregunta: ¿cómo puedo utilizar mi sistema nervioso para sentirme bien, justo ahora? Y esta pregunta... Bueno, la mayoría de los psicólogos no están hablando del sistema nervioso. Mucho menos de resultados inmediatos: mencionarlos en un círculo serio significa ser llamado "pseudopsicólogo", "médico brujo", "charlatán" y demás.
Y eso es raro, porque la ciencia demuestra que creamos nuestra experiencia a través del sistema nervioso. Pienso que deberían tomar un poco más de interés; la gente busca ser feliz, no validar las teorías del terapeuta.
Pero no me voy a meter con la religión de nadie; ni de psicólogos ni de neurólogos, porque esos argumentos nunca acaban bien.
Con lo que si me voy a meter es con la función de las instituciones religiosas como agentes sociales... O más bien, socializadoras. Esto significa, a grandes rasgos, que la religión es una de esas herramientas que los gobernantes usan para enseñarle a un mono lampiño a vivir en sociedad, porque no todos sabemos como ser una persona decente. Verán... Si fuera a hablar de la filosofía y fundamentación de las escuelas que dejaron los más famosos Maestros sería muy complicado porque sus mensajes están hechos para una cultura y tiempo particulares.
Por suerte solo necesito hablar de la percepción popular de estas religiones: lo que la gente sabe porque ha sobrevivido las revisiones, ediciones y demás calamidades que suelen azotar a las filosofías originales de los iniciados hasta que alguien lo publica en Facebook como cita sin contexto, pero con una linda imagen de fondo.
Central en las religiones cristiana, judía e islámica encontramos el concepto de cielo o paraíso, una recompensa que se le dará a los fieles que cumplan las ordenanzas de su religión; esto se contrapone al castigo que vendrá para todos los infractores, que desafortunadamente es eterno e inapelable.
Las ordenanzas, además de pagar una cantidad variable de tributo monetario a la santa sede de tu preferencia, suelen hablar de una actitud decente hacia nuestros semejantes en donde las malas acciones se pagan y las buenas se recompensan. Las metáforas cambian, pero el mensaje es el mismo: si eres bueno, te ganas el cielo. Si no, te ganas la perdición.
La metáfora es linda porque funciona en varios niveles; si eres bueno te ganarás el cielo, pero también estás creando un mejor mundo mientras vives. Y al final todo tiene sentido porque, dependiendo de tus acciones, sabes dónde vas a acabar.
Todo esto estaba sustentado por una aplicación peculiar de la lógica y la imaginación llamada Teología; pero era lo mejor que teníamos, o por lo menos lo único legal. Así que nuestro conocimiento del mundo apoyaba la visión socializadora, o la imagen moral por la que podía guiarse una persona.
Esto perduró hasta que, en el renacimiento, lograron oprimir a los opresores y sumergir al mundo en un mar de racionalismo y método científico que pocas personas entienden, pero que todos parecen amar. Ya no confiábamos en una fuerza divina para hacer nuestros milagros; nos encargamos de investigar cómo hacerlos nosotros mismos. Esto fue genial para los científicos y académicos, pero el pueblo en general sigue tan ignorante de la ciencia como en su tiempo lo fue de la teología. Digamos que ahora ignoramos un método mejor.
El problema es que este método da muy buenos resultados, pero nos queda debiendo en las respuestas que ofrece. En el ejemplo de Sir Isaac Newton, te puede decir todo acerca de cómo funciona la gravedad, qué tanto acelera un objeto, y cómo podemos esperar que éste se comporte en relación a la fuerza de atracción de otro. Es muy lindo para aprender nuevas cosas acerca del universo y hacer mapas estelares; se han descubierto varios planetas usando ecuaciones sin telescopios gracias al trabajo de Newton. Pero no te dice por qué levantarte todos los días para ir a buscar esos planetas. Y es en verdad lamentable, porque el conocimiento debería darle sentido a la vida o ser refinado.
Y todavía no existe ciencia que responda al por qué de las cosas.
Verán, en la carrera renacentista por liberar el conocimiento de la religión y reemplazarla por la ciencia, se les olvidó llevarse un componente básico. No por su bien, sino por el de sus herederos y descendientes. Porque los filósofos del Renacimiento estaban emocionados con la bondad que podía mostrar el hombre si tan solo se le libraba de pestes tales como la religión o los impuestos. Tenían fe en la humanidad. El mundo era bello, decapitando nobles y opresores. Si, bueno, supongo que en una época así era imposible notar la necesidad absurda que como humanidad tenemos de un propósito mayor, de una promesa de continuidad. De una moral que tuviera sentido, pero no porque alguien lo dice; el truco de las religiones era convencernos a todos de ser buenos y respetar porque así debería ser. De la bondad entendida como una ley natural tan inquebrantable como la gravedad, y con un castigo igual de ineludible para los necios que se atreven a retarla.
Y es que no queremos hacer lo que alguien nos dice; queremos hacer lo correcto. Tampoco es que seamos tan buenos, pero lo correcto perdurará más allá de nuestras vidas; alguien más lo recordará. Como recordamos a los filósofos del renacimiento.
Ellos estaban llenos de propósito, y sabían que sus obran perdurarían para siempre. Pero pensaron que la atrabancada emoción racionalista de la ilustración sería perenne, manteniendo la misma intensidad y desbordando entusiasmo.
Tristemente, la ciencia se convirtió en otra institución igual de rentable que la derrocada religión y, por sus cimientos empíricos, terrenales, perfecta para la nueva sociedad que quería tomar el destino en sus manos.
Pero se les olvidó el propósito.
Los seres humanos nos acostumbramos a todo; incluso al progreso, y su infantil optimismo dejó de ser suficiente para todos. Diría más bien que ya no es suficiente para el espíritu de nadie llegar a la cúspide del logro en el mundo humano, puramente terrenal. Esto se nota en nuestra búsqueda desesperada por la identidad, porque la definimos con base en lo que podemos adquirir.
En esta época, la combinación particular de productos hechos en serie que consumo determina quién soy. Me da mi sello individual. Ya no soy un hijo de dios, único y especial. Soy un comprador que debe de caer en la curva de la normalidad, porque si no lo hago falla todo el sistema. Buscar la individualidad dentro de mí, por mí mismo o bajo mí definición es una herejía tan grande como en sus tiempos fue patear al sacristán en la parroquia. Y es igual de divertido, con la diferencia de que hoy día no te queman en la hoguera por ser tú mismo.
Pero sí te miran raro. Y atraer esas miradas, eso también es divertido.
Y es el centro de todo lo que, históricamente, se ha conocido como "iluminación". Buscar la paz, la plenitud, la belleza, la unidad dentro de ti.
Es, sin lugar a dudas, una actitud peligrosa; y se vuelve fatal para la sociedad si se practica en masa, por lo que no lo recomiendo.
Pero, para los rebeldes que no les importa ese peligro, vamos a hablar de la filosofía iluminista de los principales representantes de la materia en nuestros días, y exploraremos los conceptos básicos del camino del Guerrero y el camino del Héroe hablando de sus autores: Carlos Castaneda y Carl Gustav Jung.

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