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domingo, 4 de octubre de 2015

El Héroe de hoy es una persona decente.

El psicoanalista suizo Carl Gustav Jung una vez escribió que no sabía si dios era real. Pero, para el ser humano, la experiencia de dios es real. Eso es un hecho innegable.

Lo que no a todos les parece es que Jung, siendo psicoanalista, no se quedó conforme con una afirmación que puede mantener a todos, creyentes y ateos, igual de contentos. Él continuó su argumento para decir que la experiencia de la divinidad es universal.

Verán, Jung pensaba que ese ser etéreo y fantástico que muchos aseguran haber visto pero del que nadie, en todo su estudio de las culturas y religiones pudo presentarle pruebas; ese ente mitológico llamado "ateo", en realidad no existe.

Sería, para él, un fenómeno tan increíble e imposible como el patriarca, gobernante y creador del Universo es para los ateos, que igual que sus contrapartes religiosos, aseguran que existen sin tener manera de probarlo.

Porque al igual que en la retórica victoriana, retomando la idea Tomista como reacción a la violenta racionalización del universo y la subordinación del cosmos y todos sus fenómenos al modelo mecánico, contraatacando con la afirmación de que Dios debe existir porque el universo existe, y algo tan improbable como los planetas, las golondrinas y los lunes necesitan un creador.

Bueno, la visión contraria actual sostiene, más o menos, que existían cocteles de proteínas y otros compuestos orgánicos en la tierra; de repente fueron golpeadas por un rayo y, como el monstruo de Frankenstein, nacieron las primeras células vivas. Se que lo estoy simplificando demasiado, pero hice lo mismo con la visión de la teología; si no te parece correcta la reducción de la teoría científica, por favor investiga un poco sobre teología. 

Pero creo que, si no eres científico o teólogo, la explicación dada en este texto es suficiente para dar un par de visiones diferentes sobre el principio de la vida, misterio que nadie ha podido responder, y también crear un poco de contexto al escepticismo de Carl Jung.

Verán, igual que los teólogos propusieron que Dios existe porque el Universo existe, el psicoanalista suizo pensaba que todos creemos en dios porque el universo tiene, más o menos, sentido para nosotros.

Es decir, no pensamos que tenga un propósito, y si llegamos a pensarlo no sabemos cuál es; pero pensamos que ciertas cosas como la gravedad, la atracción entre los átomos o por lo menos los lunes son eventos más o menos regulares que no van a desaparecer porque al universo se le ocurra ponerse rebelde.

Si se te metió la idea en la cabeza de que las cosas por aquí tienen sentido, llámese matemáticas, ciencia o teología, entonces crees en dios. Es tan irritante como pensar que la materia misma es prueba de que existe un principio espiritual, porque en realidad no puedes argumentar en contra. Solo puedes decir, como hicieron los filósofos renacentistas, que ese es un argumento circular y en honor la verdad, no prueba nada.

Después utilizaron el método científico para demostrar cómo la materia era producto de ciertas leyes naturales y la interacción de fuerzas que podemos estudiar, a lo que los teólogos contestaron que sí, en efecto, Dios en toda su gloria había creado esas fuerzas y leyes.

Así que no intentes argumentar contra Jung; no puedes ganar porque, entre otras razones, él está muerto y no puede contestar tus argumentos.

Lo que sí puede, o al menos pudo hacer, es darnos una forma de utilizar su hermosa e irritante retórica con la que intentaba demostrar que todos somos creyentes. Verás, en la concepción religiosa podemos argumentar que dios existe, pero la cosa se vuelve difícil cuando intentamos conocerlo; cuando hablamos de Carl Jung, el punto de creer en un dios es conocerlo. O, más bien, conocernos a nosotros mismos.

Debemos recordar que Jung era psicoanalista; él pensaba que, si piensas que el universo tiene tal o cual orden, eso dice más acerca de ti que del universo.

Es por eso que se inventó algo llamado "camino del Héroe". Porque pensaba que todos los seres humanos tenemos el derecho de conocer a nuestro Dios, en todo su esplendor, y observó que todas las culturas tienen un camino para lograrlo.

Pero Jung, racionalista y con entrenamiento científico, no podía aceptar que tenemos que ser santos, observar cada precepto religioso, y vivir una vida inmaculada para ganarnos ese derecho. Es decir, era discípulo de Freud; se pasó toda su formación aprendiendo que los seres humanos, todos y cada uno de nosotros, vivimos pecando en pensamiento y palabra; solo por un milagro nos logramos detener, a veces, de pecar también en acción.

Jung, si hacemos caso a su tesis de que nuestras idea sobre el mundo hablan más a cerca de nosotros mismos que de la realidad, no quería negarse la posibilidad de conocer al Divino; gracias a eso nos dio, en su filosofía, una forma de conocerlo a todos los demás.

Y eso a través de la aceptación incondicional de nuestra realidad interna; buena, mala, pecadora y pervertida. Hermosa en todas sus manifestaciones. Era un viejito lleno de amor.

Porque una de mis frases favoritas de ese señor es que, para aceptar la oscuridad en los demás, debemos aceptarla en nosotros mismos. El verdadero Santo, el Héroe consumado, es para Jung aquel que puede aceptar sin miedo ni juicios a los demás, porque se ha aceptado a sí mismo sin juzgarse.

Y no puede ser de otra manera si consideramos su afición al misticismo oriental y entendemos que su postura es idéntica al Budimso Zen, que no trata de cambiar al individuo; se intenta por todos los medios aceptar que la realidad es una. Si no podemos probar la existencia de la realidad, únicamente nuestra experiencia de la misma, entonces debemos aceptar nuestra forma de ser, nuestra realidad psíquica.

Porque intentar cambiarla sería tan ridículo como intentar cambiar a Dios, que ni siquiera podemos asegurar si existe o no.

Esa es la importancia monumental del pensamiento de Carl Gustav Jung. 

Dijo por primera vez en la espiritualidad occidental, y quiero decir por primera vez en toda nuestra historia, que no somos seres rotos y debemos cambiar. No somos mortales que deben buscar el favor de los dioses, o pecadores en busca de la redención. No somos materia oscura ni gigantes que han olvidado su grandeza; somos lo que somos, y así estamos bien.